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Límites en la crianza

Límites en la crianza

“LOS LÍMITES EN LA CRIANZA SON TAN NECESARIOS COMO EL AFECTO”

La hiperpaternidad es un modelo de crianza cada vez más en boga en Occidente, que consiste, entre otros, en sobreproteger e hiperatender a los hijos.

Eva Millet es, tal y como se presenta en su blog Educa2 una periodista barcelonesa, madre de un niño nacido en 2002 y de una niña nacida en 2005. Para ella “la educación de los hijos no es sólo academia pura y dura, ni consiste en trufarles la existencia de experiencias “mágicas” y de mil actividades extraescolares. No, es algo más amplio —y para algunos, quizás menos ambicioso—: es enseñarles a ir por la vida como personas decentes y autónomas, conscientes de que en el mundo no estamos solos y que es más importante saber decir gracias que saber hablar chino”. Publica su segundo libro, Hiperniños (Plataforma Editorial) que define como: Niños con agendas de ejecutivos desde parvulario. Niños que tocan el piano, aprenden chino y juegan al ajedrez. Niños que no pierden el tiempo recogiendo sus cosas. Niños que eligen qué ropa se ponen, dónde y cuándo duermen y qué comen. Niños con bajísima tolerancia a la frustración. Niños que no tienen tiempo para jugar. Niños que son… hiperniños

-¿Qué es exactamente la hiperpaternidad y en qué consiste?

-La hiperpaternidad es un modelo de crianza cada vez más en boga en Occidente, que consiste, entre otros, en sobreproteger e hiperatender a los hijos. Hoy se nos hace creer que para ser buenos padres tenemos que resolver por sistema los problemas de los hijos, justificarlos siempre (el niño nunca se equivoca, siempre es por culpa de un factor externo) y evitar, toda costa, que se frustren. La hiperpaternidad también implica la hiperestimulación y la precocidad: hay que hacer de todo y cuanto antes, mejor, no sea que pierda comba. El hijo se convierte, casi, en un producto: en un reflejo de tu estatus en el que hay que invertir tiempo, dinero y grandes esfuerzos. Curiosamente, con tanta asistencia y atención constante, lo que se está consiguiendo es criar hijos poco autónomos, sin recursos para solucionar sus problemas y con un miedo enorme a equivocarse: los hipohijos a los que me refiero en el subtítulo de mi nuevo libro.

-¿Hemos pasado de rendir un discreto homenaje a los abuelos a “rendir culto a los niños” dice usted en el libro. ¿Esto es así? ¿Por qué?

-Sí, este culto actual a los descendientes frente al culto tradicional a los antepasados lo observó la antropóloga estadounidense Meredith F. Small y me parece muy acertada: fíjate que en las casas cada vez hay menos imágenes de los “ancestros” (los abuelos, padres, tíos abuelos, etc), que han sido sustituidas por imágenes de las criaturas haciendo mil y una cosas en mil y una poses (¡y no hablemos ya del culto al niño en las redes sociales!). Lo que ha sucedido es que, en países como España, el niño es un bien escaso (1,3 de media), buscado —a veces, un milagro médico—, que se tiene más tarde y para el que se ha tenido mucho tiempo de planificar… Todas las energías familiares se concentran en el niño y surge este modelo “altar” del que hablaba en mi primer libro, Hiperpaternidad (Plataforma ed.).

-Tema no regañar porque se frustra. Entonces, ¿qué se supone que hay que hacer para explicar a un niño que algo que ha hecho está mal?

-Regañar* a un hijo cuando hay una razón para ello no es ser mal padre o mala madre; es ejercer la responsabilidad de la paternidad. Para regañar no hay que pegar —por supuesto—, ni chillar —si uno puede controlarse—, si no, decir «no», poner límites firmes. Los límites en la crianza, como explica el neuropsicólogo Álvaro Bilbao, son tan necesarios como el afecto. Un niño sin límites está desconcertado, perdido. ¡Y ya no te digo un adolescente!

*Álvaro Posada propone: corregir en vez de regañar.

-¿Estamos las madres de hoy día mucho más agobiadas en el tema de la educación que antes? ¿Por qué es esto?

-Sí, absolutamente. Las mamás están desbordadas: hay una gran presión social por ser la madre perfecta: devotísima, entregada, activa, arreglada, en forma… La hiperpaternidad afecta seriamente el bienestar familiar y provoca mucho estrés, en especial, a las mamás. Se ha comprobado académicamente que las madres que practican esta crianza “intensiva”, volcadas en el hijo y consagradas en darles todo (la mejor formación, las mejores «experiencias», oportunidades, toda la ayuda en los deberes, etc.) tienden a ser más infelices, a estar más estresadas, cuando pasan tiempo con ellos. ¿Las razones? La presión social. Nunca se sienten lo suficientemente buenas: creen que no cumplen las expectativas puestas en su rol de madres perfectas.

-El otro día leí que los hijos no deben aprender a obedecer a los padres porque si lo hacen entonces indirectamente les estamos enseñando a ser borregos, que no se cuestionen nada. Dígame, ¿qué opina de esto? ¿No cree que se están mezclando dos cosas que nada tienen que ver?

-Sí, se mezclan conceptos. Tu puedes tener un acusado sentido crítico pero obedeces a una señal de STOP… O, si eres un niño, obedeces a la maestra cuando te dice que entres en la clase, por ejemplo. O a tus padres cuando te dicen que vayas a la cama… Obedecer a cosas lógicas no significa ser borregos.

-¿Qué pasa si dejamos que nuestros hijos se aburran?

-La falta de tiempo para jugar e, incluso, para aburrirse, es una de las características de los hiperniños. Y el miedo al aburrimiento uno de los miedos de los hiperpadres: parece que también tengamos que ser animadores ludico-culturales de sus vidas, nos sentimos culpables si se aburren. El aburrimiento es una emoción y, como tal, hay que aprender a gestionarla. Bien gestionado, puede ser un catalizador para la ansiada creatividad así como un estupendo ejercicio para aprender a tolerar* la frustración. En una sociedad hiperactiva, detecto un movimiento para reivindicar el aburrimiento: incluso el Fórum Económico Mundial (lleno de gente muy ocupada, por cierto) lanzó una campaña hace unos meses con este lema: ¿Quieres ser un buen padre?: Deja que tus hijos se aburran.

*gestionar, propone Álvaro Posada.

-¿Y si dejamos que se frustren?

-Hay que ayudar a los hijos a gestionar la frustración, no a evitársela a toda costa, porque la vida está llena de pequeñas y grandes frustraciones. Este ejercicio forma parte de la educación del carácter, que está siendo olvidada en aras de la creación de ese superniño renacentista, casi, lleno de conocimientos y experiencias. Como me dijo José Antonio Marina, la educación es la suma de la instrucción (los conocimientos adquiridos) y el carácter (las herramientas para implementarlos). En mi segundo libro, Hiperniños, explico que entre esas herramientas están la tolerancia a la frustración, la valentía, la empatía, la capacidad de esfuerzo, la curiosidad… Ser feliz requiere carácter.

-¿Nos estamos tomando todo a la tremenda?

-Un poco, sí, pero también es verdad que hay una ansiedad generalizada entre los padres que se traslada a los hijos, y que es otra de las características de la hiperpaternidad. También hay un alud de información de nuevos métodos pedagógicos y de estilos crianza que harán “mejor” o “más feliz” a tu hijo y que introducen más incertidumbre. Por otro lado, no me extraña que haya nervios; porque las infancias se están convirtiendo en campos de entrenamiento para crear hiperniños, que van y vienen todo el día. Y, en esta carrera nos cargamos el tiempo para jugar de los hijos, que es un derecho de la infancia, la forma de vida de los niños.

-¿Qué opina de la guerra de los deberes? ¿Cree que son necesarios?

-Los deberes, en su justa medida, sirven para asentar conocimientos y crear hábitos de estudio. Creo que las escuelas deberían tener una política clara al respecto e informar de ella, para evitar choques con los padres como los que ha habido.

-Hace años si llegabas a casa con una nota de la profesora te caía una bronca de tus padres. Ahora la bronca puede caer en los profesores que muchas veces se ven angustiados y coaccionados por unos padres que son incapaces de entender que si fallas te puedes llevar una reprimenda o llamada de atención.

-Sí, las escuelas están perplejas. Lo sé porque doy charlas en colegios y hablo mucho con maestros y directores. Ahora es “el niño tiene la razón” y punto. Esta es otra característica de la hiperpaternidad actual. Escuelas y familia hemos de ir de la mano, claro, pero hay unas líneas rojas entre ambas instituciones y cuando se traspasan, la colaboración de los padres se convierte en intromisión y todos sufren. En especial, los hijos.

-Si no dejamos a nuestros hijos que se equivoquen y aprendan de sus errores, si no dejamos que sean independientes, entonces les pasará de jóvenes lo que usted cuando de la joven en el ascensor…(en el libro se cuenta cómo una joven de unos veinte años norteamericana se quedó atrapada en Barcelona en un ascensor y en lugar de llamar a emergencias o al timbre de los ascensores habilitados para casos así, llamó a su madre que estaba a miles de kilómetros para ver qué hacía y la madre fue la que hizo todas las gestiones desde Estados Unidos)

-Exactamente: sobreproteger es desproteger. Como padres, hemos de cuidar y amar a nuestros hijos, por supuesto, pero querer a los hijos no significa hiperprotegerlos, porque no les ayuda. Mira, te pondré un ejemplo que uso en las charlas y que, la primera vez que me lo contaron, no me lo podía creer: niños que empiezan parvulario, se caen al suelo en el patio y… no se levantan. Pero no porque se hayan hecho daño, sino porque no saben que son capaces de levantarse por sí solos: hasta ese momento, cuando han caído, papá/mamá han corrido cual Usain Bolt para socorrerlos, sin darles oportunidad a probar si ellos podían levantarse. Hay que estar pendientes de los hijos, por supuesto, pero en una situación tropiezo-en-el-parque, habría que observar y esperar unos segundos, a ver si es capaz de levantarse por sí mismo (básico en la vida). En el 99% de los casos, lo es. Y este ejemplo lo podemos pasar a muchas otras cosas: los hijos son capaces; capaces de hacer sus deberes, de organizarse la agenda, de ayudar en casa, de solucionar ese problemilla con su compañero, de hablar con su profesor… Hay que confiar en ellos.

Tomado de https://www.larazon.es/familia/los-limites-en-la-crianza-son-tan-necesarios-como-el-afecto-BP17816117

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